Paisajes fluviales estacionales

 

 Alfonso J. Rodríguez Jiménez. Doctor en Ciencias Biológicas.

    El paisaje hurdano esconde dentro de su temporalidad tremendos procesos erosivos, donde agentes como el sol, el viento y sobre todo el agua, alteran las viejas pizarras rompiéndolas, transportándolas y puliéndolas. La vegetación que actúa como manto encubridor de tanta entropía, también está bajo la influencia de estos agentes, capitaneado todo por el tiempo.

      No obstante, la suma de elementos alterados puede dar lugar a una composición dinámica y armónica agradable a los sentidos. Así, lo que puede parecer una amalgama de desastres (rocas caídas, troncos retorcidos, tumbados o arrancados, aguas que buscan seguir alocadamente su ruta gravitatoria), suelen componer en Las Hurdes un hermoso paisaje. Frecuentemente a esta mezcla dinámica, heterogénea y encubridora hay que sumar las ancestrales y rústicas actuaciones antrópicas, casi siempre muy integradas en el paisaje, tanto que muchas veces hay que reconocer que lo embellecen.

     Dentro de la espectacularidad y a la vez sencillez del paisaje hurdano, tiene un papel protagonista el flujo de las aguas.  La comarca de Las Hurdes, al contar  con abundantes precipitaciones anuales (aproximadamente 1500 mm.) repartidas generosamente incluso en el verano, va a determinar que el flujo de agua en la inmensa mayoría de los cursos fluviales sea incesante hasta en la peor de las sequías. Ello a su vez da lugar a la existencia de una surtida cantidad de ecosistemas acuáticos.    La presencia de agua en los cursos fluviales tiene dos orígenes:

 1. Agua de escorrentía que resbala por la superficie tras las precipitaciones (pluviales y en menor grado nivales) pudiéndose retener temporalmente entre la vegetación. El agua, de esta forma se va reconduciendo desde las cimas, formando los collados o depresiones en las laderas albergadoras de torrenteras y arroyos de montaña que acabarán afluyendo en los ríos.

2. Agua infiltrada que se introduce hasta los acuíferos situados entre las fracturas y la estructura de la propia roca madre (pizarras), quedando las montañas embebidas como esponjas. Esta agua puede aflorar a modo de manantiales en laderas a modo de surgencias a través de fisuras en las rocas del fondo de los valles durante prácticamente todo el año.            

                       

     La acción del agua sobre estas viejas montañas ha desencadenado intensos procesos erosivos en los viejos materiales paleozoicos de la zona, desde la orogenia alpina hace aproximadamente 50 millones de años. Sus frutos se manifiestan visiblemente en el paisaje hurdano: formas suaves y redondeadas de las montañas, así como una rica variedad de elementos geomorfológicos en los cursos fluviales.

    Al intentar describir el paisaje fluvial, no sólo hay que prestar atención a la masa de agua sino que un componente importante en la percepción del paisaje fluvial estacional es sin duda la situación del entorno inmediato de la lámina de agua, esto es la ribera. En su recorrido por Las Hurdes los cursos fluviales discurren acompañados por varios tipos de riberas:

a)        Riberas boscosas relictas, con una abigarrada vegetación autóctona propia del bosque mediterráneo pero salpicada de especies de ámbito eurosiberiano. Así, a la presencia dominante de encinas, alcornoques, madroñeras y zarzas, hay que sumar  la presencia puntual (según condiciones) de durillos, cornicabras, madreselvas, hiedras, enebros, sauces, alisos, fresnos, acebos, arces de Montpellier y mostajos. Se dan sobre todo en los tramos altos y agrestes (arroyos de montaña).

 

b)       Riberas con arboledas autóctonas riparias formando bosques en galería (alisos, sauces, y chopos).

 

c)         Riberas formadas por pinares (Pino resinero) y brezales que llegan al mismo borde del agua.

 

d)       Orillas sin vegetación arbórea ribereña, donde el agua discurre entre muros de piedra sabiamente colocados en las zonas de máxima crecida, para así aprovechar los escasos terrenos de vegas para pastizales o huertos. Este tipo de ribera es muy frecuente a lo largo de muchos tramos de ríos y arroyos en la comarca de Las Hurdes, dando a entender la peculiar incidencia antrópica que ha dominado desde la prehistoria estos lugares. 

     A lo largo del año, los cursos fluviales hurdanos manifiestan una marcada estacionalidad: 

OTOÑO

     A finales de verano, los caudales de ríos y arroyos se hallan notablemente mermados a pesar de haber recibido puntualmente aportes de agua generalmente en forma de tormentas de evolución vespertinas, algunas bastantes fuertes. Poco a poco la duración de los días va siendo menor y por lo tanto, se va reduciendo paulatinamente la evaporación en la lámina de agua de los cursos fluviales. Por otra parte, van aumentando las precipitaciones procedentes de frentes que se van convirtiendo en habituales. A todo ello hay que ir sumando la paulatina pérdida de actividad en muchos vegetales ribereños con lo que la evapotranspiración comienza a disminuir. El balance de todos estos factores es un súbito incremento de caudal con la llegada del otoño en los cursos fluviales.

     Las primeras crecidas suelen aportar mucha broza, ya que arrastra una ingente cantidad de restos orgánicos caídos en las espesas laderas, acompañados de sustrato inorgánico procedente del lavado del suelo. Todo ello va a determinar un inmediato cambio de color en las aguas, volviéndose éstas pardas, a la vez que sobre las rocas y los entresijos se acumulan sedimentos orgánicos e inorgánicos que generan un tapiz gris-marronáceo también al lecho. El cambio en el aspecto de las aguas es meramente temporal ya que a los pocos días vuelven a estar cristalinas, así como el lecho, dada la tremenda tasa de renovación y el intenso lavado a que son sometidos los materiales. No obstante en aquellas zonas a salvo del ímpetu de las aguas pueden mantener restos de sedimentos. Así, un indicador de la existencia de un incendio en una zona es encontrar bajo las rocas del lecho a partir del otoño restos de cenizas arrastradas hasta allí en las primeras crecidas otoñales.

     Un elemento paisajístico característico y singular es el tono dorado que adquiere el bosque ribereño, así como la presencia de hojas caídas sobre las orillas y el lecho, suponiendo en este caso una aporte acumulativo de materia orgánica conforme va pasando la estación.

     Los peces se esconden ahora intentando dormitar hasta la primavera en algún recoveco a salvo de las embravecidas y frías aguas.

 

INVIERNO

   Durante este período los cursos fluviales adquieren su máximo caudal, ya que se suceden los días con abundantes precipitaciones.  Así, tras las fuertes y continuadas lluvias los cursos fluviales alcanzan su máxima cota inundando las riberas y quedando en ciertos tramos los bosques en galería  (ahora rosados por la ausencia de follaje) como islotes alargados entre las tumultuosas aguas azules y blancas. Días después de las crecidas , al bajar algo la cota puede contemplarse las huellas de los tremendos procesos de erosión y transporte acaecidos. Los troncos de los sauces y de los alisos muestran en el lado de sus troncos batido por la corriente cicatrices de los impactos de las piedras arrastradas por el agua que les destrozaron la corteza; muchos árboles son inclinados, tumbados o arrancados, participando en la dinámica de presencia-ausencia-reposición de ejemplares en las márgenes de los cursos fluviales. Son frecuentes los restos de broza, cantos e incluso grandes rocas retenidas entre la vegetación ribereña  e incluso las copas de los árboles, como huellas que indican hasta donde llegó el nivel del agua. Los tallos de las zarzas apareces ahora en forma rastrera llenas de broza retenida entre sus espinas a modo de largos cordones por el suelo.

   En días anticiclónicos,  son frecuentes las mañanas en las que la nieve o la escarcha congelan extensas láminas de agua en entrantes tranquilos o charcos laterales (remansos laterales) de ríos y arroyos. Las aguas son frías y de un intenso color azul. El rugir del agua se escucha a gran distancia.

     En los tramos altos de montaña, donde los arroyos discurren puntualmente al lado de grandes madroñas, es habitual la presencia de frutos caídos al agua, donde se conservan durante muchos días, ofreciendo un curioso tapiz salpicado de rojo al lecho de estas masas de agua. 

 

 

PRIMAVERA

     Con la llegada de la primavera los cursos fluviales quedan salpicados de moteaduras verdosas en sus márgenes con la eclosión de la nueva generación de hojas en el arbolado caducifolio ribereño. Así, sauces, alisos y en menor proporción chopos y fresnos se van cubriendo de verdor a la vez que sombrean las aguas.

     Es la época del regreso de los peces (en realidad no vuelven de ningún sitio, sino que salen de sus escondrijos invernales donde han estado aletargados desde el otoño). Algunos iniciarán ahora un proceso dispersivo en el que remontan hasta alcanzar las pozas situadas en los tramos altos, colonizando tramos de río hasta llegar a los límites ícticos u obstáculos infranqueables, generalmente saltos o derrubios de ladera colmatando el lecho, quedándose los reproductores en la poza anterior a este obstáculo ya el resto de la primavera y  verano.

       Multitud de especies ligarán su período de reproducción al agua por estas fechas. Es llamativo el celo y cortejo del escuerzo en las lluviosas noches del mes de abril, visitando las recónditas pozas de los arroyos donde realizarán sus amplexos y dejarán los cordones de huevos. A veces se desplazan desde zonas abruptas y alejadas del curso fluvial. 

     Muchos invertebrados acuáticos se hacen notar ahora en torno a las masas de agua: odonatos, dípteros, himenópteros, coleópteros, plecópteros, efemerópteros, etc. ; muchos de los cuales han pasado en el agua su fase larvaria generalmente más larga que la fase terrestre que ahora inician.

 

 

VERANO

     El paisaje fluvial durante el verano en Las Hurdes es el de una tranquila lámina de agua  generalmente de escasa profundidad (a excepción de las pozas) que sin embargo fluye ininterrumpidamente, acompañada de un intenso verdor de la vegetación ribereña. Las masas de agua transcurren encogidas (menguadas) en un lecho pulido cuyas líneas de señal de la cota máxima habitual manifiesta la gran diferencia con el caudal invernal.

Tal merma en el caudal procede de los siguientes factores:

–         Descenso en las precipitaciones.

–         Aumento de la evaporación debido al mayor número de horas de insolación de los días estivales y el consiguiente aumento de las temperaturas.

–         Aumento en la evapotranspiración de los la vegetación riparia debido al incremento de la actividad fotosintética y el consiguiente aumento de biomasa puesto de manifiesto también en la colmatación temporal del lecho.

A estos factores naturales hay que sumar un importante elemento antrópico como es el desvío de una considerable parte del caudal para riego de huertos y corrales (pastos), utilizando represas (pesqueras) aguas arriba de la ubicación de la zona de riego. 

     Numerosas torrenteras se han secado en los collados o se ven reducidas a llevar un hilo de agua. La mayoría de las surgencias se dan ahora a menor altitud con  afloramientos entre las diaclasas de la roca madre en los márgenes del curso fluvial.

     En arroyos y ríos es el momento de admirar el modelado ejercido por las aguas en el relieve manifestado en la gran variedad de elementos geomorfológicos que se pueden contemplar en el lecho.

     En algunos tramos al ralentizarse el flujo del agua, ésta se hace mesotrófica o eutrófica, albergando llamativos núcleos verdosos de clorofilas filamentosas albergando a complejos sistemas ecológicos que temporalmente ocupan estas ahora tranquilas aguas.

     El celo y la reproducción de muchos organismos continua: odonatos, tricópteros, efemerópteros, plecópteros, dípteros, coleópteros, etc. Los peces desovan y al poco tiempo las aguas rellenan de alevines colonizando todos sus remansados recovecos. Es tiempo de metamorfosis: insectos y anfibios apuran su desarrollo larvario en estas tranquilas y nutritivas aguas antes de que la bravura retorne. De hecho ya en agosto son frecuentes los batracios ya metamorfoseados  en forma de miniaturas adultas saltarinas entre las rocas de las orillas preparándose para su nueva vida anfibia.

     Núcleos de verdor colonizan el lecho, antes inundado. A modo de primavera retrasada ahora maduran y florecen muchas plantas como el poleo, la menta burrera, el cáñamo acuático, la dedalera y el apio.

        Alfonso J. Rodríguez Jiménez.

        Doctor en Ciencias Biológicas

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